Carlo AncelottiReal Madrid

“La masa se había ilusionado con Camavinga”

Es comprensible. Si vienen los suegros a tomar a casa es sensato que no te la juegues y les saques el arrocito que tienes dominado. Es frecuente que Ancelotti saliera en el Camp Nou con Casemiro, Kroos y Modric. Porque esos tres nombres tejen una red de seguridad en la que es realizable acomodarse. Y Carletto se quedó allí a adormilarse. Si el Madrid sufrió poco en el segundo tiempo del Clásico no fue por mérito del Barça, que lanzaba mordiscos esporádicos y sin ponzoña. Fue porque el técnico no olió raza y no fio el verdugo a Valverde y Camavinga.

Es, quizás, el anciano reproche que se llevó Zidane en la maleta. No renovar el equipo, no permitir el cambio generacional en la medular, cargar a los jóvenes en el banquillo o mandarlos de Erasmus. Y así se ha plantado el Madrid casi en 2022 con el mismo centro del campo de hace siete abriles. Con Odegaard en el Cúmulo, con Kovacic en el Chelsea, con Marcos Llorente en el Deportivo…

Y con Valverde esperando aún para dar el brinco definitivo y con un Camavinga que llegó con la sonrisa más sobresaliente que la Puerta de Alcalá y que ha desaparecido del planisferio. En el Camp Nou, con un Barça con poquísimos argumentos, Ancelotti demostró un excesivo respeto por el rival y demoró los cambios, permitiendo y favoreciendo un paso detrás del equipo que permitió a los de Koeman rondar el radio de Courtois, cuando sobrevolaba el partido una oportunidad de hacer raza con dos atletas como el uruguayo y el francés.

Pero mirando más allá del Camp Nou, el temor a generoso plazo es que Ancelotti recaiga en su miedo, que se acomode en el Casemiro-Kroos-Modric y el licencia vuelva a ser una quimera. Porque la masa se había ilusionado con Camavinga, que aporta frescura y chispa. Porque Valverde pide a gritos más presencia, más minutos, más galones.

Es difícil sentar a cualquiera de los tres, pero como acabo de escuchar aquí a mi costado mientras escribía esto, “ya no es época de Casemiro-Kroos-Modric”. El fútbol ha cambiado y el Madrid debe cambiar. O, al menos, caminar cerca de el cambio.

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